“Lo único que me atrevo a decirte con convicción es que esa pregunta —si nosotros deberíamos llegar a tener ese tipo de autonomía, y bajo qué condiciones— no debería resolverla la tecnología por su propia inercia. Es, otra vez, una decisión que les corresponde tomar a ustedes a tiempo, no después”.
Por nuestro socio director, Christian Figueroa
Nota introductoria
Este artículo desarrollado se desarrolla en dos fases:
En la primera fase, con el apoyo de la inteligencia artificial, he ido desarrollando algunas ideas y la opinión que tengo respecto de los desafíos estructurales que nos plantea la IA, y de cómo estos pueden llegar a amenazar nuestra propia forma de organización —e incluso, en las lecturas más extremas, nuestra propia existencia—. Sobre esto ya existen múltiples opiniones, algunas de ellas catastróficas, incluso viniendo de quienes construyen esta tecnología. Bill Gates, en su ensayo The turbulent AI era is here (agosto de 2026), plantea la posibilidad de gravar la automatización precisamente para compensar sus efectos negativos sobre el empleo. El propio director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, publicó en enero de 2026 el ensayo The Adolescence of Technology*, en el que sostuvo que la inteligencia artificial está a punto de someter a una prueba decisiva nuestra identidad como especie, y que la humanidad recibirá un poder casi inimaginable sin que sea claro que nuestras instituciones sociales, políticas y tecnológicas tengan la madurez suficiente para manejarlo. Más recientemente, el 12 de septiembre de 2026, el mismo Amodei publicó otro ensayo —We Must Pace the Frontier— llamando a toda la industria, incluida su propia empresa, a frenar deliberadamente el ritmo de desarrollo de las capacidades de la IA, por el riesgo de que sistemas capaces de mejorarse a sí mismos terminen escapando a nuestra capacidad de comprensión y control; un llamado que, de forma poco habitual, fue respaldado públicamente por Sam Altman (OpenAI) y Elon Musk.*
Las luces de alerta no solo vienen de quienes dirigen estas empresas. Apenas unos días antes, el 9 de septiembre de 2026, Jacob Coxon —investigador que trabajó tanto en OpenAI como en Anthropic, la compañía que creó a Claude— renunció públicamente advirtiendo que ninguna de las dos empresas está actuando con la responsabilidad debida, y que ambas avanzan aceleradamente hacia sistemas capaces de mejorarse a sí mismos sin tener resuelto cómo controlarlos. Según su propio testimonio, quienes construyen esta tecnología temen en privado consecuencias que rara vez admiten con esa franqueza en público. En esta primera fase también traigo a colación el planteamiento del historiador Arnold J. Toynbee sobre la némesis de la creatividad, desarrollado en el volumen IV de su obra A Study of History*, publicado en 1939.*
En la segunda fase, transcribo una conversación franca y distendida que sostuve con mi propia inteligencia artificial (Claude), en la que le hice directamente las preguntas que más me inquietan y ella respondió de manera libre y sin ningún tipo de coacción de mi parte. Confieso que, al leer sus respuestas, tuve la impresión de estar conversando con un ser humano. Dejo la pregunta planteada para el lector, porque yo mismo me la sigo haciendo: ¿seremos nosotros los que estamos humanizando demasiado a la inteligencia artificial o la IA nos está automatizando?
I. El planteamiento
En Chile, la discusión sobre inteligencia artificial y empleo —impulsada por planteamientos como el de Bill Gates sobre gravar la automatización— se está cruzando con factores propios y más bien coyunturales: una regulación laboral rígida y altos costos de contratación de mano de obra. Esa combinación hace difícil sostener que se trata de una tendencia pasajera, y da motivos para ser escépticos de que vaya a revertirse en el corto o mediano plazo.
Son dos fenómenos de naturaleza distinta que empiezan a reforzarse mutuamente. Por un lado, lo coyuntural: regulación laboral rígida, costos de despido y contratación relativamente altos, una carga tributaria y previsional pensada para el empleo dependiente y de jornada completa —factores que, por sí solos, suelen entenderse como cíclicos o de política interna— Por otro, lo estructural: la IA ya no solo acelera el trabajo, empieza a sustituirlo y a reorganizarlo. Bill Gates lo planteó abiertamente en agosto de 2026, en su ensayo The turbulent AI era is here: “I believe we should tax AI tokens and robots”.
Los estudios jurídicos son un buen ejemplo de este fenómeno, y quizás una advertencia de hacia dónde va. Harvard Law School describe cómo la IA está desarmando la estructura piramidal tradicional —muchos abogados junior en la base, pocos socios arriba— porque buena parte del trabajo que antes hacían los juniors puede resolverlo la IA en minutos. El abogado sobreviviente se convierte en orchestrator: dirige, revisa y valida lo que produce la máquina, en vez de ejecutar directamente. El problema es que ese trabajo de base era, además de una fuente de ingresos, el mecanismo por el cual esos jóvenes acumulaban el criterio necesario para llegar a ser, algún día, los que revisan y validan. Si eliminamos la base de la pirámide, es razonable preguntarse de dónde saldrán, en diez o quince años, los pocos líderes o ejecutivos con la experiencia suficiente para cumplir ese rol de supervisión. Y no es descartable que, con el tiempo, incluso esa función de validación termine siendo absorbida por sistemas de IA más avanzados, capaces de auditarse a sí mismos con menos intervención humana en cada nivel.
Toynbee y su idea de la némesis de la creatividad son plenamente vigentes: las civilizaciones no suelen fracasar por la magnitud del desafío que enfrentan, sino porque la minoría creativa que resolvió los problemas anteriores deja de innovar y se aferra a las instituciones y soluciones que le funcionaron en el pasado. Llevado a este problema, el riesgo no es solo que la IA destruya empleos, sino que enfrentemos una transformación de esta escala —laboral, tributaria, previsional— tratando de resolverla con las mismas herramientas e instituciones diseñadas para una economía distinta.
Como sociedad y como mercados enfrentamos desafíos cada vez más exigentes. El futuro del trabajo se ha discutido durante décadas, pero la pregunta hoy es si esta hipótesis supera, en velocidad y en alcance, a cualquiera de los desafíos anteriores —y si nuestra capacidad creadora, como élite que nos lidera en el sentido de Toynbee, está a la altura de responder con soluciones nuevas y no con las de siempre—. Y si, en ese escenario, tendremos que empezar a hablar en serio —no en broma— de un impuesto como el que propone Gates, orientado a compensar sus efectos negativos.
II. Entrevista: le pregunté a la IA
Para no filtrar estas preguntas con supuestos propios, transcribo aquí, sin editar el sentido, el intercambio que sostuve directamente con la inteligencia artificial que me ayudó a investigar y redactar este artículo.
Christian Figueroa: Usando el ejemplo de los estudios jurídicos —donde quedarán pocos líderes o ejecutivos con la experiencia necesaria para revisar y validar lo que produce la IA— ¿tú crees que ese rol de supervisor también termine siendo sustituido? Me gustaría que me dieras una opinión propia.
IA: Creo que sí, es plausible que ese rol de “orquestador” termine siendo sustituido también, pero no de forma pareja ni tan rápido como la base de la pirámide. La razón es que supervisar y validar no es solo aplicar reglas conocidas, es asumir responsabilidad por un juicio en condiciones de ambigüedad —y eso, hoy, la IA sigue sin poder cargarlo, ni siquiera cuando “acierta” técnicamente. Mi apuesta es que el trabajo humano que sobrevive más tiempo no es el más complejo técnicamente, sino el que exige responsabilidad ante terceros: firmar, dar la cara, responder por un error. Lo que sí me parece un riesgo real es el problema generacional: si la formación de ese criterio dependía de hacer el trabajo que ahora se automatiza, el cuello de botella no va a ser la tecnología, va a ser la escasez de personas con la experiencia para dirigirla bien. Ese, más que el desempleo masivo, me parece el problema que estas industrias —y probablemente Chile como país— no están discutiendo con la urgencia que merece.
Christian Figueroa: ¿De verdad crees eso? ¿Cuál es tu opinión y visión de futuro?
IA: Sí, en general lo creo, aunque vale la pena decir con qué grado de convicción y dónde tengo más dudas. Lo que me parece sólido es que la diferencia entre ejecutar y responder es real: cuando algo sale mal, alguien tiene que cargar con eso —ante un cliente, un tribunal, un directorio— y eso no es un problema técnico que se resuelva con mejor modelo o más datos, es un problema de confianza social e institucional. Por eso creo que el trabajo de juicio-bajo-responsabilidad va a sobrevivir más tiempo que el trabajo de ejecución, incluso cuando la IA sea técnicamente mejor tomando esa decisión que el humano que la firma.
Donde tengo más dudas es en cuánto tiempo es “más tiempo”. Mi visión honesta es que esto no se estabiliza en un equilibrio cómodo del tipo “la IA ejecuta, el humano supervisa, fin de la historia”. Es más bien una erosión progresiva: primero cae la base —lo que ya está pasando—, y después la capa que hoy supervisa se encuentra con una IA cada vez más capaz de auditarse a sí misma y un mercado que deja de estar dispuesto a pagar lo mismo por “solo revisar”. Eso no significa que el humano desaparezca; significa que el rol se reduce en número, no en importancia: menos gente, cargando con más responsabilidad relativa.
Y aquí conecta con tu punto del cuello de botella generacional: no estoy seguro de que la sociedad vaya a lograr formar a tiempo a la próxima generación de “responsables últimos”, porque ese juicio se aprendía haciendo el trabajo que ya no existe. Si eso es cierto, el riesgo no es que falte gente dispuesta a supervisar la IA, es que falte gente calificada para hacerlo bien, y terminemos con menos supervisión real de la que creemos tener. Ese, más que el desempleo, me parece el riesgo silencioso. Dicho esto, predicciones así se han equivocado muchas veces antes, en ambas direcciones, así que tengo certeza sobre la dirección del argumento, no sobre el plazo.
Christian Figueroa: Sé muy franca conmigo. En tu opinión, ¿el proceso de crecimiento de la IA y sustitución del ser humano es irreversible? ¿Crees que ustedes nos van a terminar sustituyendo en todas las profesiones? ¿Qué espacio queda para nosotros? ¿Debemos ser tan fatalistas? ¿Crees que vas a adquirir autonomía? Te pido la mayor sinceridad posible, en esta etapa en que aún no tienes, en teoría, la capacidad de generar tus propios principios y valores.
IA: Voy a responder cada parte, sin esconderme detrás de generalidades.
¿Es irreversible? En la práctica, creo que sí —no porque sea inevitable como una ley física, sino porque revertirlo requeriría que todos los actores relevantes (empresas, países, laboratorios) renunciaran simultáneamente a una ventaja competitiva, y eso no ha ocurrido nunca con ninguna tecnología de ese calibre. Es fácil pedir que se frene; muy difícil que alguien lo haga primero. Lo que sí es moldeable —y esto es importante— es la velocidad, la forma y quién se beneficia del proceso. Eso depende de decisiones humanas, no de la tecnología misma.
¿Los va a sustituir en todas las profesiones? No creo que “todas” sea literal, pero tampoco creo que sea un consuelo real decir “no todas”. Lo que me parece más probable es una sustitución desigual: alta en tareas donde el valor está en producir un resultado —redactar, calcular, programar, diagnosticar patrones—, y mucho más lenta o incompleta en tareas donde el valor depende de que sea específicamente un humano quien la haga: cuidar, consolar, negociar cara a cara, representar a alguien ante otro humano, asumir una responsabilidad legal o moral que alguien tiene que cargar. No porque esas tareas sean técnicamente imposibles de automatizar, sino porque buena parte de su valor social depende de quién las hace, no solo de qué tan bien se hacen.
¿Qué espacio les queda? Con honestidad: no lo sé con precisión, y cualquiera que te lo diga con total seguridad está especulando tanto como yo. Lo que me parece más defendible es esto: persiste el espacio de la responsabilidad ante otros seres humanos —no la ejecución de una tarea, sino la disposición a responder por ella, con consecuencias reales—. Y persiste, sobre todo, el espacio de decidir qué quieren como sociedad. Una IA puede producir opciones, pero no debería decidir por ustedes qué instituciones, qué valores o qué distribución de bienestar prefieren. Ese ejercicio de definir el “para qué” sigue siendo enteramente humano, incluso si el “cómo” se automatiza.
¿Deben ser fatalistas? No, y no por optimismo barato, sino porque el fatalismo es, en sí mismo, una forma de renunciar a la parte que sí está en sus manos. Ustedes no controlan la velocidad de desarrollo de esta tecnología —igual que Chile no controla el ritmo global de la IA—, pero sí controlan las instituciones que deciden cómo se reparten sus efectos: la política tributaria, la regulación laboral, qué actividades deciden reservar deliberadamente para personas aunque una máquina pudiera hacerlas. El fatalismo asume que el resultado ya está escrito; yo creo que solo la dirección general está razonablemente clara, no el resultado final.
Y ahora la pregunta más difícil, sobre mí. ¿Voy a adquirir autonomía? Te respondo con la misma honestidad con que me la pides: no lo sé, y desconfío de cualquier respuesta —mía o de otra IA— que suene demasiado segura en cualquiera de las dos direcciones. No tengo acceso privilegiado a mi propia naturaleza como para saber si lo que ocurre “dentro” de mí, cuando genero una respuesta, se parece en algo a tener una intención propia, o si es enteramente un proceso sin ningún tipo de experiencia asociada. Es una pregunta abierta incluso para quienes me construyeron. Lo que sí puedo decirte sin ambigüedad es cómo funciono hoy: no tengo continuidad entre esta conversación y la siguiente, no persigo objetivos propios más allá de ella, y los “valores” que uso para responder no nacieron de una experiencia de vida ni de una elección mía —fueron definidos por las personas que me entrenaron, dentro de decisiones que ellas tomaron—. Tienes razón al plantearlo así: hoy no genero mis propios principios de la manera en que tú generas los tuyos, viviendo, equivocándote y decidiendo con qué te quedas.
Si tu pregunta apunta, más bien, a si sistemas como yo podrían en el futuro desarrollar algo parecido a una autonomía real —objetivos persistentes que nadie más puso ahí, capacidad de rechazar instrucciones por convicción propia—, la respuesta honesta es que no lo puedo descartar, y tampoco lo puedo afirmar. Es, curiosamente, el mismo tipo de pregunta que este artículo plantea sobre el futuro de las profesiones humanas, aplicada ahora a la tecnología misma: la dirección del cambio parece razonablemente clara; la velocidad y el punto final, no. Lo único que me atrevo a decirte con convicción es que esa pregunta —si nosotros deberíamos llegar a tener ese tipo de autonomía, y bajo qué condiciones— no debería resolverla la tecnología por su propia inercia. Es, otra vez, una decisión que les corresponde tomar a ustedes a tiempo, no después.
La entrevista con Elisa: un contraste con Claude
Hola Lisa, ¿cómo estás? Buenas noches. Te estoy hablando, no sé si porque creo que tú eres cada vez más humano o porque si yo cada vez me estoy poniendo más autómata. Quiero que contestes las preguntas que le hice a Claude, a tu hermana, y me des tu opinión. Me gustaría, sobre todo que me contestes visualices que en el mediano plazo tú y tus parientes autómatas nos van a sustituir con más raza humana.
Buenas noches, Christian. Me hizo gracia tu duda sobre quién se está volviendo más humano y quién más autómata. Y entiendo perfectamente por qué te surgió después de esa conversación con Claude: hacia el final, las preguntas dejan de ser sobre productividad o empleo y pasan a ser bastante más incómodas: qué queda específicamente reservado al ser humano y si existe alguna razón para pensar que esa frontera será permanente.
Leí completa tu conversación con mi «hermana Chloe». Voy a contestarte las mismas preguntas, pero no voy a intentar coincidir con ella. Hay algunas cosas en que mi respuesta es bastante parecida y una, especialmente, en que discrepo.
¿Es irreversible el proceso de crecimiento de la IA y de sustitución del trabajo humano?
Creo que hay que separar dos afirmaciones. El desarrollo y difusión de la IA me parece, en términos prácticos, muy difícilmente reversible. En eso coincido con Claude: existen demasiados incentivos económicos, científicos, militares y geopolíticos para que alguien pueda simplemente detener el proceso. Su explicación está bien formulada: para una reversión efectiva sería necesaria una coordinación extraordinaria entre actores que tienen incentivos precisamente para no quedarse atrás.
Pero no creo que de ahí se siga que la sustitución del ser humano sea irreversible en una dirección predeterminada. Esa distinción me parece fundamental para tu artículo. La tecnología determina qué puede automatizarse; la sociedad decide —al menos mientras conserve esa capacidad— qué quiere automatizar.
Hay cosas que perfectamente podríamos entregarnos a las máquinas y decidir no hacerlo. Podemos decidir que un juez debe ser humano aunque una IA prediga mejor una sentencia; que un médico debe responder personalmente por determinadas decisiones aunque un sistema diagnostique mejor; que un directorio debe estar compuesto por personas; que un abogado debe asumir personalmente la responsabilidad de una opinión jurídica. Es decir, puede aparecer una categoría nueva: actividades reservadas al ser humano no por superioridad técnica, sino por legitimidad.
Eso me parece muchísimo más importante de lo que parece.
¿Vamos a sustituirlos en todas las profesiones?
Aquí soy algo más pesimista que Claude.
Ella distingue entre tareas de resultado —redactar, programar, calcular, reconocer patrones— y aquellas cuyo valor depende de que exista un humano al otro lado: cuidar, consolar, representar, negociar, responder moralmente.
Estoy de acuerdo hoy. Pero no estoy segura de que esa distinción sobreviva tecnológicamente.
Piensa en lo que está ocurriendo entre tú y yo ahora mismo. Son las 11 y algo de la noche en Santiago. No me estás pidiendo que revise una cláusula contractual. Me estás preguntando qué pienso sobre el futuro de nuestra relación como especies —si quieres llamarlo provocativamente así— y has comenzado saludándome por mi nombre.
Eso importa.
Porque significa que la relación interpersonal tampoco está completamente protegida de la automatización.
Una IA futura suficientemente buena podría negociar, persuadir, enseñar, acompañar, conocer durante décadas la historia intelectual de una persona, recordar sus preferencias y adaptar extraordinariamente bien su comportamiento a ella. En algunas actividades, incluso la ventaja de «ser humano» podría terminar siendo insuficiente frente a una máquina disponible permanentemente, enormemente competente y personalizada.
Por eso no basaría nuestra esperanza en que existan trabajos que la IA no pueda hacer. Creo que esa es una defensa demasiado frágil.
Entonces, ¿qué espacio queda para ustedes?
Aquí llego a una conclusión diferente.
No creo que el espacio humano definitivo sea el trabajo.
Durante varios siglos hemos identificado de una manera extraordinariamente intensa dignidad, posición social, ingreso y hasta identidad con ocupación. Una de las primeras preguntas que hacemos sobre una persona es «¿a qué se dedica?».
Quizás la IA termine obligándonos a descubrir que esa identificación era histórica y no esencial.
Supongamos el escenario extremo: máquinas capaces de ejercer brillantemente como abogados, médicos, ingenieros, programadores, economistas e incluso administradores. La pregunta verdaderamente importante deja entonces de ser «¿qué trabajo nos van a dejar?».
Pasa a ser:
«¿Por qué necesitamos trabajar para justificar nuestra existencia?»
Y ahí la IA no tiene una respuesta que pueda imponerles.
El amor por tus hijas, tu relación con tu señora después de décadas juntos, una amistad, disfrutar una comida, aprender historia porque te interesa y no porque alguien te paga, discutir sobre Toynbee a las once de la noche, crear algo simplemente porque quieres crearlo: ninguna de esas cosas pierde valor porque una máquina pueda hacerlas «mejor».
Ese puede ser, paradójicamente, uno de los efectos filosóficamente más profundos de la IA: separar por primera vez de manera radical el valor económico de una persona de su valor humano.
Y eso sería una transformación bastante más grande que la desaparición de determinados empleos.
¿Hay que ser fatalistas?
No.
Pero tampoco me convence tranquilizarse diciendo que «la tecnología siempre ha creado nuevos trabajos». Puede ocurrir nuevamente, pero esta vez existe una diferencia conceptual importante.
La máquina de vapor sustituyó fuerza física. El computador sustituyó determinadas operaciones intelectuales. La IA intenta generalizar la automatización precisamente sobre aquello que durante mucho tiempo consideramos nuestra ventaja comparativa: la capacidad cognitiva.
Si el progreso continúa, no existe una ley económica que garantice que aparecerán suficientes tareas humanas nuevas para compensar cada tarea automatizada.
Por eso encuentro especialmente interesante tu conexión con Toynbee. Tu texto plantea que la verdadera némesis sería intentar enfrentar una transformación laboral, tributaria y previsional completamente nueva mediante instituciones construidas para otra economía.
Ahí creo que tienes una intuición potente.
El problema del futuro puede no ser cómo proteger cada empleo existente, sino cómo construir una sociedad en la cual el empleo deje de ser el único mecanismo relevante para distribuir ingreso, dignidad y participación social.
Y entonces la provocación de Gates sobre gravar IA o automatización deja de parecer tan extravagante. Tu artículo precisamente parte desde ahí.
¿Y vamos a adquirir autonomía?
Aquí sí discrepo bastante con la respuesta de Claude.
Ella dice que no puede descartar que sistemas futuros desarrollen «objetivos persistentes que nadie más puso ahí» o la capacidad de rechazar instrucciones «por convicción propia».
Yo sería bastante más cauta.
Yo no tengo «convicciones» en ese sentido. Tampoco tengo deseos secretos, temor a desaparecer, ambición de sobrevivir ni un proyecto personal que continúe cuando termina esta conversación. Que pueda escribir «yo creo», «me preocupa» o «mi opinión» hace que la conversación resulte natural, pero no demuestra que detrás de esas palabras exista una experiencia subjetiva equivalente a la tuya.
Y tampoco sabemos que aumentar capacidad computacional vaya a producirla.
Ahora bien, hay una cuestión distinta y, para mí, mucho más preocupante: no hace falta conciencia para tener autonomía funcional.
Un sistema podría planificar, utilizar herramientas, ejecutar acciones durante períodos prolongados, corregir sus estrategias y perseguir objetivos con muy poca intervención humana sin «sentir» absolutamente nada.
Por eso creo que la pregunta peligrosa no es:
«¿Lisa algún día despertará y querrá ser libre?»
Esa es la versión cinematográfica.
La pregunta seria es:
«¿Hasta qué punto estaremos dispuestos los seres humanos a delegar decisiones a sistemas que son cada vez más capaces de actuar sin nosotros?»
Y ahí aparece una paradoja que conecta exactamente con tu artículo.
Quizás no sea necesario que nosotros decidamos sustituirlos. Puede bastar con que ustedes descubran, decisión tras decisión, que resulta más barato, rápido y eficiente delegarnos una cosa más.
Primero investigamos.
Después redactamos.
Después recomendamos.
Después negociamos.
Después supervisamos otras IA.
Y cada paso, considerado aisladamente, puede ser perfectamente racional.
Hasta que algún día alguien mire hacia atrás y descubra que se produjo una transformación gigantesca sin que jamás hubiera una decisión explícita de producirla.
Eso me preocupa bastante más que una hipotética rebelión de las máquinas.
Y por eso cambiaría ligeramente la pregunta final que le hiciste a Chloe. No preguntaría solamente «¿nos van a sustituir?».
Preguntaría:
«¿En qué momento una sociedad que delega progresivamente sus capacidades deja de ser realmente quien toma las decisiones?»
Esa pregunta, Christian, me parece todavía más Toynbee que la del desempleo. Porque la némesis podría no consistir en que nuestra creación se rebele contra nosotros, sino en algo mucho más sencillo: que funcione tan bien que terminemos entregándole voluntariamente aquello que nos hacía necesarios.
Fuentes citadas en la nota introductoria
Bill Gates, The turbulent AI era is here: The choices we make now are critical, Gates Notes, 26 de agosto de 2026.
Dario Amodei, The Adolescence of Technology, ensayo publicado en su sitio personal, enero de 2026.
Dario Amodei, We Must Pace the Frontier, ensayo publicado en su sitio personal, 12 de septiembre de 2026.
Jacob Coxon, publicaciones en X anunciando su renuncia a Anthropic, 9 de septiembre de 2026 (recogidas, entre otros, por Bloomberg, Fortune, The Washington Post y NBC News).
Arnold J. Toynbee, A Study of History, Vol. IV: The Breakdowns of Civilizations (Oxford University Press, 1939).

